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lunes, 11 de mayo de 2009

Un nuevo guerrero en el ejército de Dios


Dios convocó a una reunión urgente en el cielo. Llamó a los ancianos, discípulos, santos y a todos los ángeles de la creación, millones de millones de ángeles. Ángeles de todo tipo: mensajeros, guerreros, de compañía.
La reunión comenzó puntual, en orden como todo lo de Dios. El Creador tomó la palabra de inmediato y solicitó la presencia de sus ángeles guerreros, los de mayor fortaleza. Todos acudieron ante la voz de trueno del Altísimo.
El Padre los contó uno a uno, a todos los conoce por su nombre. El más importante de todos los guerreros: Miguel, el de mayor valentía en el ejército de Dios, hizo una reverencia y preguntó el motivo de la reunión. Sin rodeos, como todo lo de Dios, éste le dijo: “HE NOTADO ALGO QUE QUIERO REMEDIAR EN NUESTRO EJÉRCITO PARA ENFRENTAR A LAS HUESTES DEL MAL. NOS HACE FALTA UN GUERRERO, ALGUIEN JOVEN, FRENÉTICO, FUERTE, DINÁMICO, VALEROSO. ESE ALGUIEN ESTA LLEGANDO. VENÍA HERIDO PERO YA HA RECOBRADO SU VIDA AQUÍ EN EL CIELO. LOS HE REUNIDO PORQUE QUIERO ANUNCIARLES LA LLEGADA DE ESE ALGUIEN QUE NOS HACÍA FALTA.”
De inmediato los habitantes del cielo inmenso hicieron gestos ceremoniales. Una puerta angosta, pero llena de piedras preciosas, se abrió de par en par.
Dios se levantó de su trono y dijo lo siguiente fijando sus ojos en la muchedumbre del infinito: “Me había percatado que alguien me faltaba en este ejército y lo mandé a buscar. Quizá ha dejado el mundo en medio de un hecho doloroso para su familia, pero yo tengo control de todo y sabré darles ánimo a los suyos en la Tierra, para que nunca olviden a este gran guerrero”.
“Se los presentó, su nombre es NELSON LANTIGUA, un joven valiente, guerrero por naturaleza, quien desde niño supo que la vida en el mundo no era fácil. Pero yo lo quise así con el propósito de que se preparase para este momento. Hoy lo corono de gloria y te digo hijo mío, ven a mis pies. Ahora gozas de un cuerpo nuevo, más fornido, sin herida alguna producida en el mundo cruel. ¿Quieres decir algo?”.
Con voz recia, sin miedo ni tristeza, miró al cielo y a toda su gente, expresando estas palabras el nuevo guerrero de Dios: “No sentí que la muerte me causara dolor alguno. Es más, me siento feliz de estar hoy en el cielo, con ustedes, con mi Dios, con ese ser tan especial y dulce que me llevaba de la mano cuando era niño en República Dominicana, y tuve que pasar muchos momentos difíciles. Hoy sé que Dios siempre estuvo conmigo, dándome fuerzas para levantarme de la pobreza y crecer, y luchar por mi otro país con valentía, por Estados Unidos, hasta el final de mis días en la Tierra en medio de una guerra propiciada por hombres y no por Dios. A mi familia le digo que los amo profundamente, a mi madre, a mi abuela, a mis familiares en Miami, a todos los amo y quiero que les quede claro que jamás los olvidaré. Sepan que estoy en el Paraíso, en un lugar donde las lágrimas no brotan de mis ojos porque aquí todo es alegría y gozo. No lloren más por mí. Yo estoy al lado de nuestro Creador y puedo saber que Dios nos ama con intensidad, y que él nunca nos abandona. Los amo de verdad, con amor: NELSON”.
La reunión terminó. Dios ordenó que al guerrero recién incorporado a las huestes celestiales le vistieran con el uniforme de su ejército, el glorioso ejército del cielo que nunca ha perdido ninguna batalla. NELSON caminó por calles de oro y platino, como lo dice la escritura, pero antes de irse a su aposento dijo: “Se me olvidaba expresar algo muy importante. A mi familia le digo que Dios también sufrió muchísimo cuando su hijo Jesucristo era crucificado en un madero, al lado de dos ladrones. Ese sufrimiento que ustedes mis amados familiares sienten hoy algún día se les pasará, para que me recuerden como un hombre valiente, como aquel muchacho que siempre hizo planes en la vida, que Dios quiso cambiar porque me necesitaba aquí en el inmenso e insondable cielo. Los amo y nunca olviden a este guerrero que tampoco los olvidará”. El cielo vibró de emoción, hubo muchos aplausos y sonidos de fiesta, y algarabía al son de tamboras y merengues paradisíacos. Dios, amoroso como siempre, solo dijo: “Amén, NELSON, amén… PUEDES TENER LA CERTEZA DE QUE Tu familia nunca te olvidará, como tampoco que jesús entregó su vida por todos ustedes en la cruz del calvario.”

‘Tom y Jerry’ Uribe



Lo denunciado por el periodista Daniel Coronell en contra de Tomás y Jerónimo Uribe, hijos del Presidente, raya en el ámbito de lo sensacional. Por el solo hecho de llevar el apellido Uribe, los dos empresarios incipientes –aventajados en algunos proyectos comerciales- tienen las de perder, por lo menos en materia de ética, en cualquier negocio que guarde relación con el Estado.
La nueva generación de los Uribe ha estado en el ‘ojo del huracán’ por vínculos con empresas y tratos comerciales que generan dudas. Cualquiera que haya tenido transacciones con David Murcía Guzmán, hoy es tildado no menos que delincuente. El mismo gobernador de Bolívar, Joaco Berrío Villarreal, acarrea consigo ‘la pesada cruz’ de DMG. ¿Hasta dónde llegará el calvario de Berrío?
Por la precisión del acervo probatorio, la denuncia de Coronell tiene un peso periodístico fenomenal. Pocos periodistas investigan a fondo para llegar a verdades ocultas. Los que más, se conforman con los documentos aportados por un juez o fiscal, o con los boletines de prensa que emite una autoridad judicial o policiva. Ello suele ser suficiente. ¿Para qué más? Lo admirable de Coronell es que se atrevió a profundizar. La corriente transporta desechos oscuros a ras del fondo del riachuelo. Algunos nos conformamos con la transparencia aparente de las aguas superficiales.
Algunos dicen que “los pobres niños tienen derecho a rebuscarse”. Eso está bien, pero no a utilizar información privilegiada del Estado para obtener pingues ganancias en negocios particulares. Otros dirán que Tomás y Jerómino no sabían que esos terrenos entrarían en una Zona Franca; que fue por simple instinto y espíritu comercial que invirtieron en tierras que se valorizarían en un 10.000%. Atino a pensar que los “niños” Uribe saben más de economía y finanzas que su padre que completa alrededor de siete años en el poder convirtiendo a Colombia en un país que solo habla el lenguaje de la guerra. Aunque, en parte, se justifica por cuanto hacía falta un presidente que les pusiera talanqueras a los actores violentos. Pero que no abandonara frentes sensibles como la desigualdad social y el empleo. Queda demostrado que en negocios en los que intervienen políticas y decisiones del Estado, deben estar alejados Tomás y Jerónimo, pues su genialidad en el área comercial es un queso que le huele mal al pueblo. Lo que Colombia debe analizar a partir de este mar de dudas en torno a la familia presidencial es cuáles son los verdaderos propósitos de los políticos uribistas en perpetuar al Presidente y cuáles los de la familia suya al permanecer callada ante esa posibilidad, actuando y aprovechando la posición del padre y jefe de hogar.
La única desventaja aparente en la denuncia del colega Coronell es que proviene de un periodista que lleva más de diez años “buscando caídas a Uribe” y, hasta el momento, no acierta en ninguna que haya traído consecuencias judiciales serias para el mandatario. Uribe mira a Daniel Coronell como un comunicador incisivo que lo molesta, molesta y más molesta, mientras que él (Uribe) trabaja, trabaja y trabaja. Después del ‘ridículo’ que hizo Coronell con la denuncia del puente sobre el río Sinú que supuestamente beneficiaba la finca del presidente Uribe, y cuando se demostró que el viaducto estaría lejos de la hacienda Ubérrimo, el comunicador quedó muy ‘mal parado’.
Más que un problema judicial o de otra índole, el negocio de Mosquera, agenciado por los hijos del Presidente, entra al plano de la ética. Difícilmente ‘Tom y Jerry’, por la mordida del queso colosal, tendrán que asumir consecuencias ante la justicia que lidera su padre.

Ahora Cuba


El editorial de un periódico es el pensamiento del medio que, a su vez, recoge el sentir de una ciudad o entorno de influencia. Nada más atinado que el temor expuesto en el editorial de El Universal de Cartagena, del pasado martes, un día después de que el presidente de Estados Unidos anunciara la eliminación a las restricciones de viaje a Cuba para los cubanoamericanos que anteriormente solo lo podían hacer una vez cada tres años. Pero Obama fue más lejos en su decisión: los empresarios norteamericanos podrán invertir en comunicaciones en la isla y los cubanoamericanos podrán enviar alimentos y remesas, sin restricción alguna, a sus familiares en la nación insular.
El temor en Cartagena de Indias tiene fundamento lógico. Más aún cuando se presagia, luego de este primer paso, que en cualquier momento el gobierno de Estados Unidos autorizará a sus connacionales para realizar viajes de turismo y placer a Cuba. De hecho, no lo han podido hacer en los últimos 50 años. Cuando Obama eventualmente de vía libre a esta posibilidad, muchos destinos turísticos del Caribe pondrán el grito en el cielo y temblarán sus cimientos. Cartagena de Indias, sin dudas, no será la excepción.
Aunque se argumenta que Cuba no posee una elevada oferta de camas, que su industria hotelera es incipiente, no es menos cierto que la simple novedad por conocer un destino diferente despertará el interés de los norteamericanos. Los estadounidenses son aventureros por naturaleza, ávidos por descubrir y guardar recuerdos para la posteridad con sus cámaras fotográficas. Esa perspectiva no la podemos soslayar.
Indudablemente, debemos anticiparnos a los hechos con un Presidente que está cumpliendo sus promesas de campaña. Hace pocos meses, en una reunión en Cayo Hueso, en el Sur de la Florida, las autoridades turísticas del Estado emitieron un plan de emergencia ante la inminente decisión de Barack Obama. La idea surgida apunta a trabajar juntos con Cuba en planes de visita y estadía en residencias históricas de La Habana y Cayo Hueso, con un lema muy sugestivo: “Dos naciones, unas vacaciones”. Las primeras vallas publicitarias ya se observan a lo largo de la vía hacia Cayo Hueso.
Los floridanos están preocupados; la competencia la tendrán a solo 90 millas. Una isla exótica, con playas atractivas, a cualquiera seduce. Se prevé que al menos dos millones de norteamericanos que hoy llegan a la Florida, procedentes principalmente del Norte en época de frío, cambiarían de destino. Así son los turistas: variables y susceptibles. Un informe de 2002, signado por la Junta Estatal de Turismo, advierte que uno de cada cinco turistas que visitan la Florida pudiera decidirse por Cuba. Los norteamericanos todo lo analizan basados en estadísticas. Por ello sus negocios resultan rentables a la postre.
Estos apuntes no tienen la finalidad de crear zozobra. Los cartageneros tenemos ahora un nuevo reto. Ya no es solo Punta Cana, Isla Margarita o Curazao. Los cruceros cargados de turistas estadounidenses, con dólares por gastar en sus bolsillos, podrían cambiar la ruta de sus divisas. No es ser pesimistas, pero sí precavidos. Si la Florida desde mucho antes ha comenzado a tomar medidas de choque, Cartagena de Indias no puede quedar rezagada. Es momento de análisis y estudios rigurosos. Nuestra Cartagena de Indias no tiene nada que envidiarle a Cuba; eso lo sabemos quienes la conocemos de palmo a palmo. Pero no podemos bajar la guardia. Es hora de impulsar los proyectos de expansión turística en Barú y Tierrabomba. Gobierno y empresarios, de la mano, deben trabajar por cristalizar estas ambiciosas iniciativas.

Éxtasis y derecho a la honra


Entre los poetas más burlescos de la humanidad, capaz de satirizar lo culto y exaltar lo burdo o coloquial, tenemos que darle un sitial especial al español Luis de Góngora y Argote, aquel que inmortalizó la frase “Ándeme yo caliente y ríase la gente”, en su composición estelar del mismo nombre. El poeta, de origen cordobés, fue dado a la vida licenciosa. El licor lo inspiraba para escribir. Tal vez no se conocía para entonces –o no estaba de moda- entre los ibéricos el éxtasis que produce la marihuana, hierba cuyo consumo data de más de 2.700 años.
Entre los periodistas de esa línea satírica en Colombia sobresalió Lucas Caballero Calderón, nombre que por sí solo diría poco a las nuevas generaciones, por lo que es necesario precisar su seudónimo: Klim, leche al revés en inglés (m.i.l.k invertido). Este escritor y periodista, quien laboró para El Tiempo y dejó la burla de la vida hace 25 años, se caracterizó por su pluma punzante y mordaz, pero también por una incomparable gracia natural e irreverencia. Periodistas de ese talante caricaturesco pocos existen. Quizá no los hay en ejercicio.
La picaresca o la burla se han utilizado para ridiculizar lo formal o informal de una persona. A César Gaviria se le hacían bromas constantes por su acento del Viejo Caldas. A Andrés Pastrana por la “silla vacía” en el Caguán y su pasado disipado con Pambelé. Más atrás en el tiempo, a Julio César Turbay Ayala se le recalcaba su supuesto bajo coeficiente intelectual. Un chiste sobre este ex presidente viene a mi memoria: Turbay llegó a Venecia, Italia. Al ver a los gondoleros se dirigió a ellos, con voz al cuello, para ofrecerles la solidaridad del pueblo colombiano: “Amigos damnificados por el invierno…” (Risas).
Se puede criticar de esa manera. La Constitución colombiana lo permite: ARTÍCULO 20. Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948, refuerza ese mandato del constituyente primario: Artículo 19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.
Pero así como hay día, coexiste la noche. Podemos expresar lo que pensamos, pero con limitaciones pertinentes, pues nos es ilícito conculcar la honra y buen nombre de una persona. Lo íntimo de un ser no puede someterse al escrutinio público sin la autorización expresa de la persona, y a menos que lo sujeto a revelar tenga algún interés comunitario. Qué nos debe importar que Pedro pertenezca a la religión de los Pitufos y que en las noches de aquelarres invoque a dioses extraños. Ello obedece a una decisión personal y, por ende, su conducta cae en el espectro de la intimidad. Preceptos en este sentido están consignados en la Constitución, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y muchos otros documentos.
Entonces se colige que sí hay cortapisas sanas. Como periodistas o escritores de la realidad de nuestro entorno real o irreal adolecemos de licencia para matar y desmembrar a la presa. A los funcionarios públicos, verbigracia, podemos auscultarles su capacidad administrativa o de ejecución de otra naturaleza, pero nada más. Qué nos interesa que Ebiru sea devoto de una virgen, que se la pase todo el día rezando y haciendo meditación. Las creencias personales contextualizan su intimidad inviolable.
La libertad de pensamiento y expresión no es en sí un semáforo en verde para decir o escribir lo que se nos antoje. El contrapeso lo constituye el derecho a la honra y el buen nombre que todos tenemos como derecho indeleble. Los ímpetus nos llevan a violar constantemente ese principio. Seamos sobrios y respetuosos al ejercer el periodismo. Que no sea el licor de las pasiones, como en el caso de de Góngora y Argote, el éxtasis de nuestra musa.

Libertad de expresión y silencio

Cuando devuelvo la cinta de mi vida, siempre me viene a la memoria un compañero de universidad con el que anduve en pasos buenos, y también en travesuras propias de todo joven que recién capitaliza la libertad del yugo de los padres. A ese amigo entrañable lo llamaré Pedro.
En aquellos tiempos de pasiones juveniles desmedidas, aún obnubilados por los destellos de la reinserción a la vida civil de los miembros del grupo guerrillero M-19, Pedro era un defensor ardoroso de la libertad de pensamiento y opinión. Discutíamos en demasía. Él mostraba marcada inclinación hacia la toma del poder por las vías de hecho, con violencia si fuese el caso, pero nunca sin antes explorar el camino del diálogo. “Tú eres un subversivo en potencia”, le espetaba cuando no tenía otra salida. En cambio, sin faltar un ápice a la verdad –que bien pudiera surgir de una mentira amañada por el paso del tiempo-, no tuve su misma inclinación. O sí, en parte: el poder se obtiene por vías democráticas, como lo inspiraron los tres fundadores de esta filosofía en Grecia, y no por el camino armado; sin diálogo ni convencimiento es imposible alcanzar esa meta que tanta sangre inocente ha costado a países como Colombia.
Pedro fue radical en sus premisas. Además, lucía y vestía a la usanza de los muchachos rebeldes de la época: cabellos largos –sucios y piojosos-, camisa a rayas de mangas largas, por fuera del pantalón de jean descolorido; botas de cuero y mochila sanjacintera. En parrandas le escuché decir en más de una ocasión: “nunca, nunca, nunca –óigase bien- accederé a un puesto público”. Argumentaba que al hacerlo tendría que optar por el silencio. Tendría que callar. ¡Válgame Dios! ¡Pedro callado, mudo, sin musitar palabra! A pesar de mi incertidumbre, lo creí capaz de tanto pues lo decía compelido por una especie de fogosidad que entremezclaba pasión por el periodismo hablado y la genética de unos padres al mejor estilo “niña Tulia”, personaje famoso de El Flecha, de David Sánchez Juliao.
Pero el tiempo todo lo transforma. Cambié de ciudad, de amigos. Sin embargo, siempre estuve al tanto de la suerte de Pedro. Una tarde calurosa de septiembre –en el Caribe siempre el calor es palpable- recibo una llamada. Un amigo en común, de aquellos que pululan en el mundillo del periodismo, estaba ansioso por hablarme de las andanzas de Pedro. “¿¡Si supieras que tiene un contrato de asesoría en la Alcaldía de Barranquilla!?” En ese momento colgué el teléfono; casi lloro. No porque un cargo de esa naturaleza, predestinado a cumplir una labor social, sea deshonroso. Mi corazón se compungió al saber que Pedro el entusiasta, enemigo de cadenas y grillos morales, tendría que guardar silencio.
Es penoso cuando tenemos que callar. El Libro Sagrado le confiere a la palabra un poder elevado. Lo que digas puede ser realidad basado en la fe. Los mismos científicos no logran explicar este fenómeno. Muchos sicólogos recomiendan pertenecer a grupos religiosos para alargar la vida por medio de la palabra de Dios. Incluso, una palabra mal expresada puede causar guerras o actos deliberados. Cartagena de Indias, como Tribunal del Santo Oficio, en 1614, fue escenario de un hecho sin precedentes. Por primera vez se produjo en ese año lo que se denominó un “Auto de fe”, sancionando al hechicero Juan Lorenzo, al fraile Diego Piñeros, al carpintero Andrés Cuevas, al buhonero francés Juan Mercader, a Luis Andrea –acusado de hacer pacto con el diablo- y al portugués Francisco Rodríguez Cabral. A este último se le castigó porque rezaba mal el credo católico. Rodríguez Cabral no decía que Jesucristo «resucitó de entre los muertos» sino que «resucitó a los muertos». Le hubiera ido mejor rezando en silencio, mentalmente, sin decir palabra audible.
Hoy en Colombia, que ocupa el puesto 127 entre 173 países en materia de libertad de prensa, según la organización Reporteros Sin Fronteras, es mejor callar. Esa decisión se puede calificar como prudencia o cobardía. Callado no haces ruido. Los rifles lo hacen al disparar balas asesinas, pero nadie los oye. O tal vez sí, pero es conveniente decir lo contrario, o que estás perdiendo el sentido del oído y la perspectiva, pero intrínsecamente también la valentía para expresarte. Los cobardes –bajo presión cualquiera lo es- abundan en las salas de redacción de periódicos y revistas; los valientes yacen a tres metros bajo tierra o lejos de la patria, más muertos que vivos, anhelando abrazar a los suyos; o comer los alimentos que en la niñez les preparaban en casa. Los olores a vida del pasado se convierten en muerte presente, con cadenas opresoras que ahogan sueños. Ese es el precio del silencio o de la licencia para hablar. Hoy estoy convencido: Pedro finalmente tuvo la razón.

Cuando debajo de la sotana hay un hombre

La Iglesia católica ha estado plagada de imperfecciones; el hombre también. Somos seres humanos que, por nuestra naturaleza pecaminosa, no podemos resistirnos a las tentaciones del mundo. El mismo apóstol Pablo dice que siempre quería hacer lo bueno y terminaba haciendo lo malo. Según la Biblia, el único que pudo oponer resistencia a las pruebas del diablo fue Jesucristo, tentado en tres ocasiones en el desierto. Lastimosamente no somos como Dios. Somos pecadores en potencia.
La novedad en Miami (¿cuál será la próxima?) es que el padre Alberto Cutié, sacerdote cubano-americano lo más parecido a un galán de telenovela, fue sorprendido en las playas de South Beach con una mujer de cuerpo escultural y cabellera hermosa, besándola, abrazándola y metiendo mano por debajo del bikini, mientras ella leía el libro El campo de la batalla de la mente, de la escritora cristiana Joyce Meyer. ¡Qué dilema tan grande!
Las pruebas son reveladoras. El paparazzi le hizo fotos en otros dos lugares con la misma mujer; a todas luces su novia. Solo un camino tuvo el padre Alberto: confirmar la verdad y pedirles perdón a los feligreses. El hecho le ocasionó la suspensión provisional de la iglesia donde oficiaba como párroco en el mayor centro de perversión y rumba del Sur de la Florida: Miami Beach.
La desventura –o aventura pasional- del padre Alberto retrotrajo a mi mente una pregunta formulada por mi hijo de 15 años: ¿Por qué los curas no pueden casarse? Tuve que recurrir a la palabra de Dios, desde la óptica del catolicismo, para responder en ‘ley divina’. Los sacerdotes y ministros ordenados, a excepción de los diáconos permanentes, «son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12)». En efecto, los sacerdotes «están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato» (Código de Derecho Canónico c. 277). El celibato se impuso a mediados del siglo XVI, durante el Concilio de Trento, en respuesta a la Reforma Protestante que promovía el matrimonio de los sacerdotes. Pero desde antes hubo Concilios que prohibían el sexo o relaciones maritales a los sacerdotes.
En pleno siglo XXI mucha gente no entiende la posición del Vaticano sobre este asunto controversial. Si analizamos la génesis de la Era cristiana hallamos que Pedro, el primer Papa, y los discípulos de Jesucristo eran hombres casados, con familia y responsabilidades. El mismo Papa Juan Pablo II dijo en 1993 que “El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo”. Pero su sucesor, Benedicto XVI, bloqueó la posibilidad de que los sacerdotes católicos se casen cuando reafirmó en 2006 los valores del celibato y excomulgó a un arzobispo por ordenar a cuatro hombres casados como sacerdotes.
En medio del barrullo generado por la confirmación de que el padre Alberto Cutié es un hombre normal, con sentimientos y una vida sexual en ebullición –un ser humano de género masculino como cualquier otro que prefiere los favores de una mujer y no comportamientos que se esconden debajo de los hábitos-, me pregunto: ¿cuántos sacerdotes aplican realmente el celibato? ¿No es más conveniente para la salud mental y el ejercicio sano del deber cristiano llevar una vida sexual estable? Si el papa Benedicto XVI hubiese visitado el municipio de Arjona, Norte de Bolívar, habría encontrado a un sacerdote amante de las parrandas y gustoso de mujeres como cualquier otro hombre. ¿Por qué restringir la sexualidad de un ser humano, cuya misión es moral y social, por el simple capricho de una Iglesia retrógrada?El padre Alberto, al confirmar lo sucedido, pronunció palabras que justifican su conducta: “No es bueno que el hombre esté solo”. Lo dice la misma palabra de Dios. ¿O acaso los sacerdotes no son hombres? ¿Son ellos extraterrestres que no sienten deseos de ‘horizontalizar’ la verticalidad de su ser? Debajo de toda sotana hay un hombre sensible al roce de unos labios jugosos. Aunque San Agustín haya dicho que "Nada hay tan poderoso para envilecer el espíritu de un hombre como las caricias de una mujer", lo cierto es que ella (la mujer vilipendiada) es el ser más hermoso que Dios puso en la Tierra. ¿Quién puede abstenerse de esa tentación? Ni aún los prelados pueden hacerlo.

domingo, 5 de abril de 2009

Cartagena y la hoz de la muerte

A través de Redcaribe, órgano virtual de integración periodística a nivel regional, llega a mi conocimiento lejano (alrededor de mil kilómetros entre Miami y Cartagena) la situación caótica que experimenta la capital de Bolívar en materia de seguridad. La danza de la muerte, con ráfagas rítmicas y tambores de armas de fuego, cobra víctimas a diario en una ciudad, otrora remanso de paz, donde el Tuerto López escribió a “las botas viejas” y no a la hoz de la muerte.
Un artículo signado por Axel Veda, en la Red, me puso la piel de gallina. Dice en uno de sus apartes en referencia al momento crucial por el que atraviesa La Heroica: “Cualquiera mata a cualquiera, porque a la delincuencia le viene como anillo al dedo el miedo colectivo generado. Una veintena de muertos por aquí y por allá y basta”.
Lo leído parece tomado de un diario de México, símil actual de la Colombia de hace una década, en donde la muerte se ha ensañado contra la comunidad inerte: seres humanos atiborrados de miedo, de dolor; horror por doquier, ausencia de Dios, presencia activa de las huestes del maligno.
Esto también me causó conmoción: “Quién iba a pensarlo. La vida no vale nada. Mafias se pasean campantes y sonantes por las barbas de los ciudadanos de bien y los acribillan”.
Me pregunto a la distancia: ¿Cuándo se le dio espacio a este flagelo? ¿Quién ha permitido este despropósito? No lo se, no tengo la más remota idea. Las autoridades tienen la palabra para asegurarle al mundo que Cartagena mantiene su imagen de ciudad turística intacta, que no es riesgoso planear vacaciones en nuestro sector hotelero, que la muerte no prima ante la vida. O simplemente callar, como algunas veces lo hacen, dejando “volar” la imaginación, permitiendo que el turismo “vuele” a otras latitudes a gastar sus dólares en destinos más baratos. El mutismo nos hace daño, pero más generar un estado de alerta derivado de hechos que no podemos esconder como siempre hemos ocultado la miseria enmascarada en la zona suroriental de la ciudad: niños de ombligos volcánicos y crines amarillentas por desnutrición, hombres y mujeres famélicos, perros hambrientos que pululan en las ¿calles?, casuchas construidas sobre las mismas heces de una comunidad carente de Estado.
Cartagena es de todos y para todos, creo que así rezaba el slogan de una campaña política. Pero jamás permitamos que sea de los enemigos del bien, de aquellos que buscan desestabilizar el normal crecimiento de una urbe futurista que se extiende a pasos agigantados hacia la zona Norte, con edificaciones que bien podrían compararse con las magnas estructuras de los más codiciados destinos turísticos del mundo.
La guerrilla, paramilitares, sicarios o no se qué, deben estar en control de las autoridades. Cartagena es una ciudad delicada en extremo por cuanto el mayor ingreso a sus arcas lo representa el turismo. Allí no cultivamos café o producimos petróleo. Nuestro mercado es humano y, por ende, circunstancial. El hombre se rige por modas y temores: si el color verde le sienta bien en una camisa la compra, si una ciudad le despierta miedo simplemente no la visita, la desecha de su mente con una enorme “X”. No esperemos a que ello ocurra. Las alianzas del mal por la reconquista del terreno perdido podrían prosperar si la autoridad es laxa o sobornable.

Pedro el Grande

Lo más grande del lanzador dominicano Pedro Martínez, no es su foja de tres mil ponches; tampoco los tres premios Cy Young, el reconocimiento más codiciado por cualquiera que pisa la lomita en Grandes Ligas. Su mayor fortaleza es su manera de ser jovial y amable. “El gran Pedro” o “Pedro el grande” como atinan a decirle los más prominentes comentaristas del béisbol, no es tan grande, ni mucho menos inaccesible, como para no bajarse al terreno de su semejante, en equilibrio con cualquier persona que lo aborda, de tú a tú, hombro a hombro. Dos seres humanos: uno de los dos un humilde interlocutor con 37 años a cuestas y experiencia de 17 en “las mayores” que no le pesan a la hora de sonreír.

Miami – Florida. Confieso que sentí temor. Cómo llegarle a Pedro, era mi dilema. Lo veía salir y entrar al dugout visitante del Fort Lauderdale Stadium, algunas veces con sodas en las manos, otras con agua embotellada. Cuando creí tener la oportunidad perfecta, divisándolo a distancia media, la mirada fija en sus ojos, algo impidió la misión. ¿Por qué? ¡No puede ser! Me lamentaba como en mis inicios en el estadio Romelio Martínez, de la arenosa Barranquilla, cuando esperaba a que todos los periodistas de “talla mayor” dejaran de accionar sus grabadoras ante los jugadores sudorosos y jadeantes del Junior de entonces, para comenzar mi faena pues con 14 años de edad era complejo hilvanar una serie de preguntas que causaran más impacto en mí que en el entrevistado (siempre he sido mi mayor crítico). Me embargaba el miedo. Nuevamente ese sentimiento que creía superado, fue el común denominador 24 años más tarde en tierras norteamericanas.
Opté por el contraataque. Buscaba la segunda oportunidad, el momento pertinente para decirle que soy colombiano, del Caribe, apasionado por el béisbol y que es la primera vez que realizo una cobertura periodística en materia deportiva. ¿Por qué empiezas por lo alto? ¿Por qué conmigo? ¿Tengo cara de conejillo de indias? No, claro que no. Es que tú eres el lanzador que la afición más ha admirado en los últimos tiempos. Tú eres el mejor de todos. Tú eres esto y lo otro (ya con voz mental gangosa). !No joda! ¡Coño! Tuve que sacudirme el temor que persistía en mí para volver a la carga. ¡Dios, dame la ocasión propicia! Yo te enseñé a ser periodista, hijo mío. Válete por ti mismo.
Sentí fuerzas de arriba. Y también abajo. Recordé al profesor Julio Adán Hernández: “Sin cojones nunca serás un buen periodista”. Entonces las fuerzas ya me pesaban más de lo común. Caminé con el incordio de las sardinas dentro del recipiente de latón hacia aquel encuentro que imaginaba antecedido de juegos pirotécnicos explotando en el aire denso, y vítores para el periodista, no tantos para el entrevistado. ¡Pedro! ¡Pedro! vociferaba la gente que se agolpaba contra la cerca divisoria del público. ¡Pedro! ¡Pedro! gritaba mi mente sin ser capaz de obligarme a musitar palabra alguna. Pedro, en voz baja, sin mayores afanes, dijo un periodista de aspecto oriental: cabellos lacios, ojos rasgados y olor a cigarrillo sin filtro. En ese instante una nube de comunicadores silentes rodeó a la estrella de la pelota caliente. Pedro estaba dispuesto a dialogar con la prensa; asintió con una sonrisa. Qué fácil me fue lograr la entrevista. Otro hizo el trabajo por mí.
El inglés no lo entiendo a la perfección, aunque he asistido a decenas de cursos. Bueno, tampoco me muero de hambre: “Please, give me one hot dog, two hamburgers, two coke…” Por eso es que no adelgazas, sentencia mi esposa. Cuando vuelvo a la realidad, Pedro tenía enfrente alrededor de 20 grabadoras de audio, 7 cámaras de televisión y no menos de 5 fotográficas. No es hora de comer, pensé. No es hora de pensar en las cantaletas de mi esposa. ¡A trabajar se dijo!
Grabé las declaraciones de Pedro en inglés solo para guardarlas; una remembranza más. Los chinos, con su lengua arrocera, y los otros periodistas, terminaron el careo. Se hizo un silencio crudo, profundo. Milésimas de segundo se convirtieron en el descanso eterno. Solo quedamos Pedro y yo. Yo y Pedro. ¿Solo los dos? Y, ¿ahora qué hago? ¿Qué pregunto? Pregunta lo que quieras o me voy. Rápido. Me voy… es en serio. Jugadores del Junior, profesor Julio Adán Hernández, Dios mío, lectores, esta fue la entrevista que me concedió Pedro Martínez, nacido en una población de Quisqueya llamada Monoguayabo: ¿nombre surrealista o macondiano?
P.M. Así se llama mi ciudad natal. Allí crecí en medio de bates y pelotas, siempre pensando en llegar a las Grandes Ligas. Monoguayabo siempre estará en mi mente como seguramente usted no olvida el lugar donde nació (risas).
D.C. ¿Cómo te sientes hoy de vuelta a un estadio de béisbol?
P.M. Me siento espiritualmente muy bien, muy contento. Siento que hoy ante el equipo de los Orioles de Baltimore (en partido de exhibición con la selección dominicana) todo me ha salido excelente pues tenía largo tiempo sin lanzarle a bateadores de carne y hueso, bateadores reales. Los otros juegos fueron simulados; en República Dominicana solo había podido pitchear cinco inning, que no son una gran cosa. Me siento alegre de la forma en que me respondió el cuerpo y entrando como relevista, que no es mi forma acostumbrada, de todas maneras me sentí muy bien.
D.C. Después de varias operaciones, de algunos meses en reposo, ¿crees que puedes volver a la ruta ganadora?
P.M. Me siento en perfectas condiciones. Hoy lancé y parece que no lo hubiera hecho porque no hay cansancio en mi brazo. Yo espero aportar mucho a la selección de mi país durante el Clásico Mundial de Béisbol. Creo que aún mi carrera no acaba, tengo muchos números por concluir para la historia de las Grandes Ligas.
D.C ¿Cuál es tu futuro este año en Grandes Ligas?
P.M. Mi futuro en Grandes Ligas aún es incierto, no hay nada definido. En realidad hay que esperar a que se llegue a un acuerdo con alguien, con algún equipo. O ver que reacción tienen los equipos cuando me vean en el Clásico. Pero ahora mismo, mi atención solo está en lo que pueda hacer por mi país, por mi selección, buscando que República Dominicana gane y sino ayudar lo que más se pueda, y lo demás va a pasar. Pero si eso que quiero no pasa, como segunda opción está mi bote para irme de pesca con mi familia y amigos.
D.C. ¿Eso quiere decir que estás pensando en el retiro?
P.M. No precisamente. Solo para irme a pescar, a pasar momentos de tranquilidad. Pero no pienso todavía en el retiro. Yo creo que todavía tengo oportunidades dependiendo de cómo esté mi salud de aquí en adelante. Yo se que algún equipo quiere tenerme y, a propósito, son varias las propuestas que ya estudio con esa finalidad. Yo soy el que no se ha querido sentar con los equipos porque ahora estoy en esto del Clásico.
D.C. Varias propuestas. ¿De quiénes?
P.M. Son varios equipos, eso es lo que puedo decirte para no afectar ninguna negociación. Solo quiero concentrarme en lo que viene para el Clásico.
D.C. Tres premios Cy Young, más de tres mil ponchados. ¿Los números acaban allí?
P.M. Yo tengo mucha vida por delante. Y con la ayuda de Dios este año podré demostrar más cosas. Me siento vivo aún, con fuerzas a pesar de mis 37. Soy el viejito del grupo pero no por eso el que menos oportunidades tiene.
D.C. ¿Tu brazo es el mismo al que nos acostumbraste?
P.M. Todavía me falta un poco. Me falta sentir más la bola, sentir que puedo hacer con ella lo que quiera, pero para un primer día es mucho pedir. Estoy utilizando mucho la recta, me gusta este lanzamiento pero algunas veces me toca optar por los cambios de velocidad.
D.C. ¿Estás ya por encima de las 90 millas en tus lanzamientos?
P.M. Hoy ha sido un día para sentirme cómodo en la lomita, acomodándome a lo mío. Estoy en 90 consistente. Eso te indica que en cualquier momento llegas a los 92 ó 93 millas y eso es suficiente para mí.
D.C. ¿Cuál será el año de tu retiro?
P.M. Por ahora no. Tengo mucho futuro por delante, hay otros lanzadores de más de 40 en Grandes Ligas. Así que me tendrán por mucho más tiempo con la afición.Terminó la entrevista. Pedro se integró a una fila de jugadores en un buffet ofrecido por los Orioles de Baltimore a la selección de República Dominicana. Apagué mi grabadora digital y me acerqué al caneco de la basura. Allí deposité aquel infundado temor natural que produce el hecho de acercarse a una estrella. Sin embargo, una persona como Pedro Martínez, cuya grandeza solo demuestra cuando enfrenta a los bateadores contrarios, despierta confianza y seguridad. ¿Podrán otros peloteros tomar ejemplo de “Pedro el grande”?
 

FECHA Y HORA

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Daniel Castropé.