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miércoles, 4 de julio de 2012

La noticia que no quisiéramos leer


Por Daniel Castropé

(Agencia Frank Press-o) En un hecho que todos esperaban en Locolombia, el Presidente sancionó la Ley de Reforma a la In-justicia que ofrece beneficios temporales y permanentes a los honorables miembros del preclaro Congreso de la República, a sus amigos, amiguitos y amigotes de la heredada “para-perra-política”.
El acto in-bochornoso, que cuenta con la aprobación del grueso de los colombianos que miran en el “legislativo” a un ente de alta credibilidad moral y espiritual, contempla aspectos importantes para la salvaguarda de la imagen de nuestros prístinos congresistas que, aunque no requieren de normativas para tal propósito –solo de contratos y componendas burocráticas-, se congraciaron con el gesto altruista en cabeza y fina nariz del “ejecutivo”.
A partir de la promulgación de esta anhelada ley –por fin, por fin…-, los honorables “padres de la democracia” podrán hacer todo lo que se les antoje sin que corran riesgo sus vestiduras compradas un domingo de ron, sancocho y tráfico de votos.
De tal modo, y a sabiendas de que nunca ocurrirá -yo debo confiar en ellos, ¿verdad abuelita?-, nuestros senadores y representantes quedaron blindados -y sus vidrios polarizados- para matar y ordenar matar; secuestrar y ordenar secuestrar; hurtar y ordenar hurtar; prácticas éstas que, gracias a la ceguera del Sagrado Corazón de Simón “el Bobito”, no les acarrearían la pérdida de sus curules.
Un alto dignatario del gobierno, cuyo nombre omitimos por el alzhéimer de quien escribe, dijo que sin des-escrúpulo alguno cualquier miembro del máximo recinto de la democracia colombiana podrá conducir ebrio, espetar su credencial al rostro de algún policía impertinente –¡malnacido aguafiestas!- y marcharse tranquilo a casa para seguir la parranda “porque lo respaldan más de 50 mil votos”… y eso vale en este país.
Agregó la fuente (¿o esto lo dijo mi abuelita?) que con la recién estrenada ley quedarán “en el aire”, como las casas de Escalona, unos mil 500 procesos in-justos contra congresistas, exparlamentarios y altos exfuncionarios públicos que venía estudiando la Corte Suprema de Justicia, un ente enemigo de la burocracia y de las vanas costumbres. “Estos procesos son no solo injustos, sino también in-debidos, in-creíbles, in-morales, h-injue#$%&/”, dijo en tono eufórico.
Mi abuelita, perdón, el alto dignatario señaló con el dedo índice de su mano ultra-derecha que en adelante, y quizá hacia atrás (“…en forma retroactiva, mijito”. Gracias, abuelita), la Corte Suprema de Justicia no llevará más los casos contra congresistas. “Esto es muy importante, muy relevante, muy significante (“significativo, bruto funcionario público”. ¡Abuela, ya es hora de que pongas a cocinar el arroz! ¡Adiós!).
Finalmente, en el marco y ventana de la ceremonia de promulgación de la ley, una centena de “micos” festejó hasta el amanecer. Entre tanto, un ave con apariencia de buitre astuto y sagaz, lanzaba “trinos” a cada segundo… 

viernes, 29 de junio de 2012

Democracia a la cubana

Por Daniel Castropé

Si regresáramos a predios atenienses del siglo V a. C., tengo por seguro que serían pocos los cubanos del exilio, en Miami, los que participarían en la confección de la inmensa colcha que hoy cobija los principios de la democracia.
El más reciente escándalo que involucró a Ozzie Guillén, manager de los Marlins, puso en relieve –con picos altísimos- la propensión creciente a estigmatizar y condenar sin juicio justo cualquier asomo de criterios contrarios a los cánones de odio recalcitrante contra el régimen de Fidel Castro y, por extensión, de Hugo Chávez.
Guillén, aunque lo haya negado –porque tal vez estaba borracho-, desde la óptica de la diáspora cubana, cometió el más ruin de los pecados. Dijo, o no dijo – sólo él sabe lo que dijo o no dijo -“Amo a Fidel Castro” y habría añadido: “Yo respeto a Fidel Castro”. Estas frases produjeron escozor. ¿Quién puede amar o sentir algún respeto por un dictador asesino? ¿Quién puede resaltar que Castro complete más de 50 años precisamente ‘castrando’ la dignidad del pueblo cubano?
La falta de espíritu democrático del exilio en Miami radica en condenar a quien no comulgue con su ideología. Si alguien piensa distinto es castrista o chavista y, por tanto, enemigo de los postulados de rechazo al régimen imperante en la Isla. Pero ¿democracia no es aquella doctrina que permite y tolera la libertad de pensamiento y expresión? ¿No son anti-democráticos los cubanos del exilio al ‘satanizar’ a quien tiene una concepción distinta sobre el fenómeno político y social de Cuba o su gobernante?
Mis dedos sobre el teclado de la computadora se resisten a congratularse con lo dicho o no dicho por Guillén. Sugiero líneas arriba que posiblemente el conductor de los Marlins estaba borracho porque él mismo ha manifestado que, gane o pierda el equipo, después de cada partido ingiere licor. Sin embargo, tendría que estar profundamente ebrio para decir que ama a Fidel Castro. Ebrio o algo más…
Aun así, lo supuestamente dicho por el venezolano Guillén no otorga licencia para exigir su renuncia del equipo de béisbol de Miami, como lo hizo un alto número de cubanos, y menos para inmiscuirme en su vida personal o laboral. Principio inviolable de la democracia es la libertad de pensamiento y expresión que, como sabemos, en Cuba es una utopía. Pero ¿también en la Miami cubana?
El exilio no puede aplicar los mismos estándares de intolerancia de su más acérrimo contradictor: el dictador Castro. Hacerlo es tanto como predicar y no aplicar una democracia en la que hombres y mujeres puedan expresarse libremente, aunque algunos como Guillén digan cosas a todas luces bochornosas.
La democracia se alimenta de la diversidad. Una sola voz termina convertida en régimen y nadie quiere que se repita la historia de una ínsula pujante condenada al atraso por un dictador que ha asumido la omnipotencia de Dios.

martes, 12 de junio de 2012

El dulce encanto del infierno: una mirada profunda a la prostitución en Colombia


Escrita antes del escándalo que involucró al cuerpo de seguridad del presidente Obama, la novela El dulce encanto del infierno, del escritor y periodista colombiano Daniel Castro Peñaloza (Daniel Castropé), también ahonda en el sórdido y lucrativo mundillo de la prostitución en Cartagena de Indias.
En el libro de 220 páginas, el escritor relata la vida de Juana Morales, una joven de extracción provinciana que llega mediante engaños a un burdel de la ciudad caribeña, seducida por la falsa promesa de un proxeneta que le augura dinero y éxito como modelo de pasarelas.
“Para nadie es un secreto que algunos individuos de dudosa reputación quieren convertir a Colombia en una especie de prostíbulo al aire libre, y es por eso que hoy, con mayor énfasis, el mundo cree que nuestro país está lleno de prostitutas por todas partes, lo cual es completamente falso”, afirmó Castropé.
En la novela se muestra la prostitución como un negocio al que llegan incautas jovencitas deseosas de ganar dinero fácil y rápido. “Algunas son engañadas, pero otras saben lo que les espera como retribución por sus servicios horizontales”, dijo Castropé.
El dulce encanto del infierno ha sido calificada por algunos medios como “la novela en la que las Farc mata al presidente venezolano Hugo Chávez”.
La novela dedica extensas líneas a la supuesta relación que existe entre el presidente venezolano y la guerrilla de las Farc, y en un tono sarcástico que por momentos raya en histriónico, Castropé nos muestra a Chávez como un dirigente de acciones erráticas y confusas que derivan en su asesinato a manos de un líder de la guerrilla en el Palacio de Miraflores.
“No estoy proponiendo que exista un plan para acabar con la vida de Chávez o que vaya a ser asesinado por la guerrilla o por nadie en particular. Además, eso ya no haría falta”, afirmó Castropé en clara alusión a la enfermedad que mantiene en vilo la vida del dirigente venezolano.

domingo, 10 de junio de 2012

La novela en la que las Farc asesina a Chávez



La novela El dulce encanto del infierno, de la autoría del escritor y periodista colombiano Daniel Castro Peñaloza (Daniel Castropé), salió esta semana al mercado literario resaltando el hecho en el que es asesinado por las Farc el presidente venezolano Hugo Chávez, dentro del marco generoso de la ficción.
El libro de 220 páginas dedica extensas líneas a la supuesta relación que existe entre el presidente venezolano y la guerrilla de las Farc, y en un tono sarcástico que por momentos raya en histriónico, Castropé nos muestra a Chávez como un dirigente de acciones erráticas y confusas que derivan en su asesinato a manos de un líder de la guerrilla en el Palacio de Miraflores.
“No estoy proponiendo que exista un plan para acabar con la vida de Chávez o que vaya a ser asesinado por la guerrilla o por nadie en particular. Además, eso ya no haría falta”, afirmó Castropé en clara alusión a la enfermedad que mantiene en vilo la vida del dirigente venezolano.
Castropé, quien tiene un amplio recorrido en diferentes medios de comunicación con asiento en Colombia y Estados Unidos, también cuestiona severamente la formación de nuevos sacerdotes en los seminarios de la Iglesia Católica, la propensión de algunos religiosos hacia la pedofilia y actos sexuales indecorosos, y al mismo tiempo ataca a mega-iglesias protestantes o cristianas que aglutinan a millares de creyentes.
“Esas mega-iglesias, y perdónenme si tiendo a generalizar, son un muy buen negocio para quienes las regentan; algunos se movilizan en aviones privados para no juntarse con los impíos”, afirmó el periodista y escritor colombiano.
Castropé, asilado político desde hace cuatro años en Estados Unidos por amenazas de las Farc, presenta en su libro la vida de un sacerdote (el padre Alberto) que se traza la meta de saciar con su inagotable vigor a tres mil mujeres durante su vida.  “Las fenomenales orgías del padre Alberto contrastan con sus miedos y temores constantes que lo conducen a severos estados de alucinación”, aseguró.
El dulce encanto del infierno también ahonda en el mundo de la prostitución en el que cae Juana Morales, una joven de extracción provinciana que llega mediante engaños a ese mundo lucrativo, para luego unirse al padre Alberto con el propósito de forjar un camino que al final podría convertirse en un verdadero infierno.
La novela, que ya está en circulación a través de Amazon, Ebay y el sistema de librerías más sólido de Estados Unidos, Barnes and Noble, será presentada formalmente en próximos meses en el marco de la Feria Internacional del Libro de Miami, que organiza Miami Dade College, institución donde hoy Castropé cursa estudios en el programa de leyes.

martes, 25 de agosto de 2009

Maestros de ayer y hoy


Por Daniel Castropé


Los grandes pensadores de la historia han sido, en su gran mayoría y en primera instancia, buenos discípulos. O dicho de otra forma: han tenido el privilegio de contar con excelentes maestros. Un caso destacado lo constituyen Sócrates y sus discípulos Platón y Aristóteles.
Pero mi intención original no es hablar de la máxima trilogía de filósofos de la cultura griega. Aunque, y sólo para hilvanar la disección, me seduce el misterio que rodea al nombre de Sócrates quien, se dice, andaba descalzo por las calles de Atenas y mientras aconsejaba elegancia y limpieza a los jóvenes, él lucía sucio y mugroso. Su pasión por la dialéctica, concepción que eleva los alcances del diálogo, es de gran mérito en la corriente socratista.
Hablaré de Lola y Ana, maestras de kínder y preparatoria: antítesis de Sócrates. Ellas, mujeres que nunca conocieron pasión varonil (morirían alegremente vírgenes); regla en mano todo el tiempo y, de seguro anticipándose en el tiempo, contradictoras de Shakira por su álbum Pies descalzos, utilizaban estrategias sui generis para evitar que nunca los menores bajo su cuidado anduviéramos “con el pie en el suelo”.
Las docentes, en tono militar, advertían a los estudiantes que en las tardes de tareas y ‘muñequitos’ en televisión llamarían por teléfono a nuestros hogares para preguntarles a madres o padres, o adultos responsables en casa, si estábamos usando zapatos o, al menos, chancletas. Nunca las creí capaz de tal medida extrema hasta el día que mi tía Rosalbina, solterona como las dos maestras de preescolar, me dijo que atendiera una llamada. La voz de la interlocutora, por dichos y gestos supuestos, me fue familiar de inmediato: “¡Ajá! ¡Con que estás descalzo! Mañana te espera un fuerte castigo”. Y Lola no mentía: el denominado ‘cuarto oscuro’ del colegio crearía fobias que aún no he superado integralmente.
Eran, sin lugar a dudas, otros tiempos. En aquellas épocas pretéritas el respeto por los maestros evidenciaba trazas de reverencia, rayando en el miedo. Otro castigo ejemplarizante consistía en recibir, con estoicismo y obligado a no derramar lágrimas, entre cinco y diez ‘reglazos’ en las manos. En caso de que la falta cometida fuera de gravedad suma, digamos por agarrar las nalgas a la ‘más buena’ del salón, espiar a la misma compañera a través de los calados del baño, hurtar los juguetes o utensilios de otros compañeros de curso, la pena imputada, sin derecho a abogado en clara violación ‘al debido proceso’, era arrodillarse sobre ladrillos, y con las manos en alto, a sol pleno en medio del patio. El castigo, algunas veces, variaba dependiendo de la inventiva casi criminal de los maestros.
Pero nadie se exacerbaba a punto de la locura. Los traumas leves derivaron en valores inmutables, no menos que lineamientos de conducta inquebrantables que, aún a estas alturas de la vida, nos permiten una existencia bajo parámetros sociales adecuados.
Pasó el tiempo y hoy la situación es completamente diferente para nuestros hijos. Al profesor se le llama por su nombre de pila (¡Hey, Pedro! ¡Oye, María!). Dejaron de existir los ‘cuartos oscuros’ y los castigos rígidos. La pena más grande radica en suspenderles a los estudiantes la televisión durante el receso. Los niños pueden hacer lo que les viene en gana; y en Estados Unidos, incluso y a manera de ejemplo, amenazar a un docente con llevarlo a Corte por el simple hecho de levantarles la voz es común y silvestre. No existe el mínimo respeto por la seudo-autoridad del salón de clases.
¿Debemos volver al modelo educativo de nuestra niñez? No lo sé, pero creo que daba resultados excelentes a pesar del miedo reverencial que profesábamos a nuestros maestros.

jueves, 20 de agosto de 2009

El aguacate que me convirtió en delincuente


Por Daniel Castropé

Fue esta mañana, pero no obedeció a un acto espontáneo. Mientras caminaba, día tras día, utilizando el vehículo de los recuerdos, podía situarme en medio de centenares de árboles de aguacate en El Carmen de Bolívar. Aquella ocasión, de la que hablaré fugazmente, fue la primera que me permitió observar las frutas exóticas colgadas de ramas al vaivén de una brisa suave como árida, hoy portadora involuntaria de nostalgias por la violencia reciente.

Estoy decidido. Nadie podrá observarme, pues la mañana está aún infecunda entremezclando oscuridad y pincelazos de un sol naciente. El ilícito será cometido de regreso a casa después de un par de vueltas al parque del área donde resido. Me fue fácil aquel momento hace veinte años en la finca a la que concurrimos algunos periodistas del Caribe colombiano. Esta vez no será la excepción: sólo tengo que estirar el brazo y jalar con fuerza relativa hasta escuchar el sonido seco del ‘estronche’ de la fruta.

Camino, reflexiono. ¿Por qué siento miedo? En la finca de mi niñez periodística, acompañado de colegas versados en temas agropecuarios, arrebaté los aguacates de árboles dóciles sin pensar siquiera en el dolor de una madre cuando la vida de su hijo es segada por manos que accionan armas sedientas de sangre inocente. Sudoroso, en busca de eliminar libras de más –que juntas derivan en la palabra gordura-, entiendo que todavía es prematuro cortar en el quirófano de la imaginación, el cordón umbilical que los alzados en armas crearon entre la violencia y los Montes de María, cobijando por razones territoriales cultivos extensos de los apetitosos aguacates carmeros.

Conociendo el motivo de mis temores –a la sazón infundados-, la consumación del delito está próxima. La víctima del deseo escabroso de un colombiano criado con arroz de coco, pescado, patacón y ensalada de aguacate, el ‘inocente’ árbol, despliega un tercio de su follaje hacia una avenida y –eso sí– lo que está en la vía pública es de cualquiera. Al menos esa es la creencia en Colombia, pero no en Estados Unidos.

Estoy cerca, apresuro el paso, glándulas sudoríparas y corazón rítmicamente en sintonía. Pronto, a pocos pasos, detengo la marcha. Otras cavilaciones turban mi entendimiento matinal. ¿Qué culpa tuvo la gente de El Carmen de Bolívar de que el tesoro representado en cada aguacate haya causado alucinaciones a la guerrilla y a los paramilitares? ¿Acaso aquellos terroristas se asentaron largos días en los Montes de María atraídos por esas frutas exuberantes? No tengo respuestas. Sólo sé que debo apurarme o de lo contrario las luces del día primigenio podrían desvelar mis intenciones.


Tengo ya el aguacate en la mira. Reparo los alrededores, el momento es propicio. En dos minutos estoy ingresando a casa más nervioso que antes, agitado y a marcha forzada. La fruta está biche. Al saber lo sucedido, mi esposa lanza una estridente carcajada, diciéndome de paso: “Ese aguacate es de la casa de un señor de apellido Ibarra, de El Carmen de Bolívar”. Ahora no sé si esperar a que madure para hacer una ensalada o devolverlo de inmediato, dilema tremendo para alguien que ya puede ser considerado no menos que un delincuente por hurtar un aguacate en casa de un carmero en Miami.

martes, 18 de agosto de 2009

Veinte años sin Galán

Luis Carlos Galán fue liberal de espíritu, convencido de que su partido tenía presente y un futuro diferente al que hoy proyecta bajo las sombras de movimientos emergentes que le han restado protagonismo en la escena pública nacional. Luchó incansablemente por reformar la política desde adentro, usando armas nobles y una oratoria impecable. Se le admiró por dilucidar una propuesta política moderada, tan posible como necesaria. Galán fue acérrimo defensor de la democracia, las instituciones, la ampliación de los derechos ciudadanos; él fue eso y más en un país deshonrado por la violencia. Hoy, dos décadas después de su deplorable magnicidio, miramos con corazón esperanzado lo que significó el intento de este ilustre bumangués por impedir que el mal se posara sobre la Colombia de sus anhelos, como en efecto ha sucedido.

viernes, 14 de agosto de 2009

El país de las Farc y los paramilitares


Por Daniel Castropé
Mientras leo sobre las declaraciones de un muchachito de 18 años que desertó de la guerrilla, observo con asombro a través de la televisión internacional una noticia que, a pesar de la indolencia manifiesta del colombiano de esta época, aún logra ponerme la piel de gallina al saber que la Fiscalía busca los cuerpos de 600 personas desaparecidas por las AUC entre 2000 y 2004 en Norte de Santander.
Lo uno y lo otro se funden en un solo sentimiento: asco. Cuál otra expresión del alma puede emerger al conocer, en el primero de los casos, la historia de alias ‘Danilo’, el joven que escapó del frente 49 de las Farc por una simple razón de supervivencia: estaba muriendo de hambre.
‘Danilo’ relató a las autoridades que lo único que podían comer él y sus compañeros era maíz con agua y sal en medio de bosques tupidos de árboles tan viejos como Matusalén, en donde no existen Carullas ni Olímpicas. No podían ingerir otro alimento –pues no los hay- ni, mucho menos, quejarse. En esos momentos, pensaba el joven, “Cuánta falta me hace madre y padre para recibir el sustento diario”.
Pero esto no es lo más triste –Oh, Dios santo, ¿aún hay más?-. El muchachito con signos de anemia evidente confesó que las mujeres al servicio de la guerra pueril de los alzados en armas, en caso de que les dé hambre –como en efecto siempre la sienten tras largas jornadas- tienen, obligatoriamente, que guardar silencio. Hambre y mutismo son los mejores compañeros para conservar la vida. Las que se quejan y lloran son fusiladas –No quiero escribir más, pero debo hacerlo-.
El televisor a mi espalda no calla. Sigo la lectura frente a la computadora, pero, al unísono, mis oídos se afinan al escuchar el enunciado: “La violencia no cesa en Colombia” en boca de un presentador de esos que machacan a diario el español en el Sur de la Florida. Otra expresión de horror se anida en mi mente y corazón. Puedo observar a un hombre, con pala en mano, cavando un hueco asimétrico en el suelo terroso mientras sus compañeros, expectantes y sudorosos bajo un sol inclemente como la violencia fratricida, observan la escena. ¿Por qué hacía ese hoyo el funcionario de la Fiscalía? En busca de víctimas de las AUC en Norte de Santander, departamento fronterizo con Venezuela.
El reporte indica que los ‘paracos’ desaparecieron a todas esas personas (en Colombia existen caseríos de menos de 600 habitantes) lanzándolas, después de muertas en circunstancias desconocidas, a ríos atestados de pirañas y a otras incinerándolas en los ‘hornos de la muerte’ de los que dieron cuenta los ex jefes paramilitares Salvatore Mancuso y Jorge Iván Laverde, alias El Iguano.
Contrastando las dos noticias, me surge una pregunta: ¿Quiénes ha sido más crueles en Colombia? ¿La guerrilla o los paramilitares? Balbuceando con sollozos una respuesta provista de lógica apago la televisión y cierro el monitor de la computadora portátil (laptop). He quedado exhausto. Duermo diez minutos y sueño con un país libre de guerrilleros, ‘paracos’ y de todos aquellos que accionan armas contra sus congéneres –Carajo, lo que veo es casi el Paraíso-.
 

FECHA Y HORA

Mensaje del Editor

Amigos todos:

Este blog ha sido estructurado con una meta: lo que aquí se publique debe generar impacto en el lector; eso sí, para bien, defendiendo las reglas básicas del periodismo y la multiforme manera de hacer literatura.


Daniel Castropé.