(Agencia Frank Press-o) En un hecho que todos esperaban en Locolombia, el Presidente sancionó la Ley de Reforma a la In-justicia que ofrece beneficios temporales y permanentes a los honorables miembros del preclaro Congreso de la República, a sus amigos, amiguitos y amigotes de la heredada “para-perra-política”.
miércoles, 4 de julio de 2012
La noticia que no quisiéramos leer
(Agencia Frank Press-o) En un hecho que todos esperaban en Locolombia, el Presidente sancionó la Ley de Reforma a la In-justicia que ofrece beneficios temporales y permanentes a los honorables miembros del preclaro Congreso de la República, a sus amigos, amiguitos y amigotes de la heredada “para-perra-política”.
viernes, 29 de junio de 2012
Democracia a la cubana
Si regresáramos a predios atenienses del siglo V a. C., tengo por seguro que serían pocos los cubanos del exilio, en Miami, los que participarían en la confección de la inmensa colcha que hoy cobija los principios de la democracia.
martes, 12 de junio de 2012
El dulce encanto del infierno: una mirada profunda a la prostitución en Colombia
domingo, 10 de junio de 2012
La novela en la que las Farc asesina a Chávez
martes, 25 de agosto de 2009
Maestros de ayer y hoy

Los grandes pensadores de la historia han sido, en su gran mayoría y en primera instancia, buenos discípulos. O dicho de otra forma: han tenido el privilegio de contar con excelentes maestros. Un caso destacado lo constituyen Sócrates y sus discípulos Platón y Aristóteles.
Pero mi intención original no es hablar de la máxima trilogía de filósofos de la cultura griega. Aunque, y sólo para hilvanar la disección, me seduce el misterio que rodea al nombre de Sócrates quien, se dice, andaba descalzo por las calles de Atenas y mientras aconsejaba elegancia y limpieza a los jóvenes, él lucía sucio y mugroso. Su pasión por la dialéctica, concepción que eleva los alcances del diálogo, es de gran mérito en la corriente socratista.
Hablaré de Lola y Ana, maestras de kínder y preparatoria: antítesis de Sócrates. Ellas, mujeres que nunca conocieron pasión varonil (morirían alegremente vírgenes); regla en mano todo el tiempo y, de seguro anticipándose en el tiempo, contradictoras de Shakira por su álbum Pies descalzos, utilizaban estrategias sui generis para evitar que nunca los menores bajo su cuidado anduviéramos “con el pie en el suelo”.
Las docentes, en tono militar, advertían a los estudiantes que en las tardes de tareas y ‘muñequitos’ en televisión llamarían por teléfono a nuestros hogares para preguntarles a madres o padres, o adultos responsables en casa, si estábamos usando zapatos o, al menos, chancletas. Nunca las creí capaz de tal medida extrema hasta el día que mi tía Rosalbina, solterona como las dos maestras de preescolar, me dijo que atendiera una llamada. La voz de la interlocutora, por dichos y gestos supuestos, me fue familiar de inmediato: “¡Ajá! ¡Con que estás descalzo! Mañana te espera un fuerte castigo”. Y Lola no mentía: el denominado ‘cuarto oscuro’ del colegio crearía fobias que aún no he superado integralmente.
Eran, sin lugar a dudas, otros tiempos. En aquellas épocas pretéritas el respeto por los maestros evidenciaba trazas de reverencia, rayando en el miedo. Otro castigo ejemplarizante consistía en recibir, con estoicismo y obligado a no derramar lágrimas, entre cinco y diez ‘reglazos’ en las manos. En caso de que la falta cometida fuera de gravedad suma, digamos por agarrar las nalgas a la ‘más buena’ del salón, espiar a la misma compañera a través de los calados del baño, hurtar los juguetes o utensilios de otros compañeros de curso, la pena imputada, sin derecho a abogado en clara violación ‘al debido proceso’, era arrodillarse sobre ladrillos, y con las manos en alto, a sol pleno en medio del patio. El castigo, algunas veces, variaba dependiendo de la inventiva casi criminal de los maestros.
Pero nadie se exacerbaba a punto de la locura. Los traumas leves derivaron en valores inmutables, no menos que lineamientos de conducta inquebrantables que, aún a estas alturas de la vida, nos permiten una existencia bajo parámetros sociales adecuados.
Pasó el tiempo y hoy la situación es completamente diferente para nuestros hijos. Al profesor se le llama por su nombre de pila (¡Hey, Pedro! ¡Oye, María!). Dejaron de existir los ‘cuartos oscuros’ y los castigos rígidos. La pena más grande radica en suspenderles a los estudiantes la televisión durante el receso. Los niños pueden hacer lo que les viene en gana; y en Estados Unidos, incluso y a manera de ejemplo, amenazar a un docente con llevarlo a Corte por el simple hecho de levantarles la voz es común y silvestre. No existe el mínimo respeto por la seudo-autoridad del salón de clases.
¿Debemos volver al modelo educativo de nuestra niñez? No lo sé, pero creo que daba resultados excelentes a pesar del miedo reverencial que profesábamos a nuestros maestros.
jueves, 20 de agosto de 2009
El aguacate que me convirtió en delincuente

Estoy decidido. Nadie podrá observarme, pues la mañana está aún infecunda entremezclando oscuridad y pincelazos de un sol naciente. El ilícito será cometido de regreso a casa después de un par de vueltas al parque del área donde resido. Me fue fácil aquel momento hace veinte años en la finca a la que concurrimos algunos periodistas del Caribe colombiano. Esta vez no será la excepción: sólo tengo que estirar el brazo y jalar con fuerza relativa hasta escuchar el sonido seco del ‘estronche’ de la fruta.
Camino, reflexiono. ¿Por qué siento miedo? En la finca de mi niñez periodística, acompañado de colegas versados en temas agropecuarios, arrebaté los aguacates de árboles dóciles sin pensar siquiera en el dolor de una madre cuando la vida de su hijo es segada por manos que accionan armas sedientas de sangre inocente. Sudoroso, en busca de eliminar libras de más –que juntas derivan en la palabra gordura-, entiendo que todavía es prematuro cortar en el quirófano de la imaginación, el cordón umbilical que los alzados en armas crearon entre la violencia y los Montes de María, cobijando por razones territoriales cultivos extensos de los apetitosos aguacates carmeros.
Conociendo el motivo de mis temores –a la sazón infundados-, la consumación del delito está próxima. La víctima del deseo escabroso de un colombiano criado con arroz de coco, pescado, patacón y ensalada de aguacate, el ‘inocente’ árbol, despliega un tercio de su follaje hacia una avenida y –eso sí– lo que está en la vía pública es de cualquiera. Al menos esa es la creencia en Colombia, pero no en Estados Unidos.
Tengo ya el aguacate en la mira. Reparo los alrededores, el momento es propicio. En dos minutos estoy ingresando a casa más nervioso que antes, agitado y a marcha forzada. La fruta está biche. Al saber lo sucedido, mi esposa lanza una estridente carcajada, diciéndome de paso: “Ese aguacate es de la casa de un señor de apellido Ibarra, de El Carmen de Bolívar”. Ahora no sé si esperar a que madure para hacer una ensalada o devolverlo de inmediato, dilema tremendo para alguien que ya puede ser considerado no menos que un delincuente por hurtar un aguacate en casa de un carmero en Miami.
martes, 18 de agosto de 2009
Veinte años sin Galán
Luis Carlos Galán fue liberal de espíritu, convencido de que su partido tenía presente y un futuro diferente al que hoy proyecta bajo las sombras de movimientos emergentes que le han restado protagonismo en la escena pública nacional. Luchó incansablemente por reformar la política desde adentro, usando armas nobles y una oratoria impecable. Se le admiró por dilucidar una propuesta política moderada, tan posible como necesaria. Galán fue acérrimo defensor de la democracia, las instituciones, la ampliación de los derechos ciudadanos; él fue eso y más en un país deshonrado por la violencia. Hoy, dos décadas después de su deplorable magnicidio, miramos con corazón esperanzado lo que significó el intento de este ilustre bumangués por impedir que el mal se posara sobre la Colombia de sus anhelos, como en efecto ha sucedido.
viernes, 14 de agosto de 2009
El país de las Farc y los paramilitares

Lo uno y lo otro se funden en un solo sentimiento: asco. Cuál otra expresión del alma puede emerger al conocer, en el primero de los casos, la historia de alias ‘Danilo’, el joven que escapó del frente 49 de las Farc por una simple razón de supervivencia: estaba muriendo de hambre.
‘Danilo’ relató a las autoridades que lo único que podían comer él y sus compañeros era maíz con agua y sal en medio de bosques tupidos de árboles tan viejos como Matusalén, en donde no existen Carullas ni Olímpicas. No podían ingerir otro alimento –pues no los hay- ni, mucho menos, quejarse. En esos momentos, pensaba el joven, “Cuánta falta me hace madre y padre para recibir el sustento diario”.
Pero esto no es lo más triste –Oh, Dios santo, ¿aún hay más?-. El muchachito con signos de anemia evidente confesó que las mujeres al servicio de la guerra pueril de los alzados en armas, en caso de que les dé hambre –como en efecto siempre la sienten tras largas jornadas- tienen, obligatoriamente, que guardar silencio. Hambre y mutismo son los mejores compañeros para conservar la vida. Las que se quejan y lloran son fusiladas –No quiero escribir más, pero debo hacerlo-.
El televisor a mi espalda no calla. Sigo la lectura frente a la computadora, pero, al unísono, mis oídos se afinan al escuchar el enunciado: “La violencia no cesa en Colombia” en boca de un presentador de esos que machacan a diario el español en el Sur de la Florida. Otra expresión de horror se anida en mi mente y corazón. Puedo observar a un hombre, con pala en mano, cavando un hueco asimétrico en el suelo terroso mientras sus compañeros, expectantes y sudorosos bajo un sol inclemente como la violencia fratricida, observan la escena. ¿Por qué hacía ese hoyo el funcionario de la Fiscalía? En busca de víctimas de las AUC en Norte de Santander, departamento fronterizo con Venezuela.
El reporte indica que los ‘paracos’ desaparecieron a todas esas personas (en Colombia existen caseríos de menos de 600 habitantes) lanzándolas, después de muertas en circunstancias desconocidas, a ríos atestados de pirañas y a otras incinerándolas en los ‘hornos de la muerte’ de los que dieron cuenta los ex jefes paramilitares Salvatore Mancuso y Jorge Iván Laverde, alias El Iguano.
Contrastando las dos noticias, me surge una pregunta: ¿Quiénes ha sido más crueles en Colombia? ¿La guerrilla o los paramilitares? Balbuceando con sollozos una respuesta provista de lógica apago la televisión y cierro el monitor de la computadora portátil (laptop). He quedado exhausto. Duermo diez minutos y sueño con un país libre de guerrilleros, ‘paracos’ y de todos aquellos que accionan armas contra sus congéneres –Carajo, lo que veo es casi el Paraíso-.


